Alberto Vázquez-Figueroa revive en primera persona, en el suplemento Crónica de EL MUNDO [18 enero 2.009 2009], el drama sufrido en la tragedia de Ribadelago.

Se presentaron como funcionarios de la Dirección General de Seguridad para comunicarme que sabían que era profesor de buceo y pretendían que reuniera a un grupo de submarinistas dispuestos a rescatar los cadáveres que habían quedado en el fondo del Lago de Sanabria.

La noche del día siguiente partimos y con la primera claridad del alba nos enfrentamos al dantesco paisaje de Ribadelago arrasado por la fuerza de millones de metros cúbicos de agua que se habían llevado por delante casi 200 vidas humanas. [La noche del 9 de enero de 1959, hace ahora medio siglo, la presa de Vega de Tera, a ocho kilómetros de Ribadelago, se rompió y, como si de un tsunami se tratara, sus aguas arrasaron el pueblo zamorano].

De la pequeña iglesia tan sólo quedaban en pié el campanario y la figura de un Rey Baltasar cuyo negro rostro parecía mostrar el horror que le producía el hecho de que el resto de las figuritas del pesebre hubieran desaparecido como por arte de magia.

Al poco surgieron de entre las ruinas varios hombres que cargaban sobre parihuelas tres cadáveres, seguidos por media docena de mujeres que rezaban casi arrastrando a una anciana que suplicaba que la enterraran a ella pero le devolvieran la vida a su nieto.No hubo tiempo para ver más; los muertos se impacientaban. Descargamos las botellas de aire comprimido, nos enfundamos en unos primitivos trajes que apenas nos protegían de las gélidas aguas y como jefe de equipo me correspondió el dudoso honor de ser el primero en sumergirme.

Un agua sucia, fangosa, grasienta y maloliente me ascendió por las piernas, la cintura, luego el pecho y al fin el cuello, por donde se filtró al interior del traje. La cabeza pareció querer estallarme en el momento en que comencé a flotar. Una barcaza metálica con seis militares a bordo me seguía mientras cientos de ojos me observaban desde la orilla.

Avancé unos 100 metros, sentí náuseas y me oriné, no a causa del miedo, que era mucho, sino porque de ese modo el agua que se había acumulado entre mi cuerpo y el traje se calentaba, lo que me producía un cierto alivio.

Me sumergí rumbo a la nada, el barro en suspensión hizo que a los 10 metros todo fuese borroso y al llegar a los 20 el agua era ya tinta china, por lo que empuñé el cuchillo y continué con el brazo extendido, visto que no tenía ni la menor idea de contra qué podía chocar.

Antes de llegar a los 30 metros advertí que la hoja penetraba en algo blando; era el barro del fondo, avancé agitando el brazo, me golpeé en el muslo contra lo que parecía una viga y tras analizarla llegué a la conclusión de que se trataba del palo de una carreta.Continúe mi marcha tropezando con infinidad de objetos irreconocibles hasta que de pronto algo vivo me rozó la mejilla. Quedé como paralizado; volvió el contacto, como de uñas muy frías y tan sólo entonces comprendí que se trataba de una trucha. A los 15 minutos temblaba, el calor de los orines había desaparecido, un agua que a 30 metros de profundidad estaba a menos de dos grados se introducía bajo el traje, el corazón me latía con tanta fuerza que amenazaba con salir flotando por su cuenta y comprendí que estaba a punto de perder el sentido. Decidí ascender; el cielo estaba triste y gris, con nubes bajas, pero jamás me había parecido tan hermoso.

ANGUSTIA INSOPORTABLE

Allí justo donde las burbujas de aire que había ido expulsando reventaban al llegar a la superficie me aguardaba la barcaza.No podían tocarme porque el dolor hubiera resultado insoportable, por lo que me sujetaron de tal modo que pudiera introducir las agarrotadas manos en un caldero de agua caliente. Poco a poco comencé a reaccionar y cuando me izaron a bordo me quedé inerte, desmadejado y roto, incapaz de pensar en nada que no fuera el hecho de que había conseguido regresar del averno.

Una semana más tarde comprendí que nos estábamos jugando la vida sin obtener más premio que un brazo, una pierna o incluso una cabeza desprendida del cuerpo y era más el dolor que causábamos a los familiares que el consuelo que podría significar enterrar a sus deudos. Decidí que regresáramos a casa.

He conseguido alejar de mi mente las imágenes de un pueblo arrasado hasta que me llamaron de Televisión Española señalando que pretendían grabar un programa dado que se cumplían 50 años de la tragedia y deseaban entrevistarme. Acepté pero elegí conducir a solas por lo que ahora era una magnífica autopista que me llevó a un lago tan cuidado y hermoso que poco o nada tenía que ver con el espanto de aquellas tétricas jornadas. Tuve la extraña sensación de que no era el mismo lugar, ni eran las mismas gentes y ni tan siquiera yo era el mismo.

Cuando, con las cámaras instaladas a orillas del agua, el entrevistador me preguntó qué había experimentado en el momento de hacer aflorar a la superficie pedazos de cadáveres putrefactos, los recuerdos que había logrado encerrar bajo llave en un cajón de mi memoria durante medio siglo me asaltaron, y por primera vez en mi vida me quedé sin palabras, al tiempo que las lágrimas que había conseguido retener años atrás brotaron sin remedio.

Con un gesto le supliqué al equipo de filmación que aguardara intentando recuperar el habla, y en ese instante, a las tres de la tarde, sin razón aparente ni explicación lógica alguna, llegó muy claro, deslizándose sobre la quieta y plomiza superficie del lago, el sonoro, oscuro y tétrico repicar de una campana llamando a muerto. Nunca he creído en nada que se refiera al más allá, pero en aquel momento me quedé atónito, sobrecogido por el espanto.

¿Por quién sonaban las campanas? Tal vez por mí, aunque prefiero imaginar que sonaban porque quienes continúan allá abajo agradecían que medio siglo atrás nueve muchachos hubieran intentado que pudieran descansar en un lugar más tranquilo, cálido y acogedor que unas aguas fangosas. ALBERTO VÁZQUEZ-FIGUEROA.

Vía: [EL MUNDO - Crónica]

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